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HABLEMOS DE MIGRACIÓN: EL MURO Y SUS SOMBRAS

Por Diego Torres

Hablar de migración, en un momento en que Estados Unidos implementa acciones absurdas —como pintar de negro el muro fronterizo— nos obliga a analizar el papel de este muro y la lógica de control que ha guiado la política migratoria estadounidense. Estas políticas nunca han buscado detener los flujos por completo, sino hacerlos cada vez más difíciles para mantener un mayor control sobre ellos.

Hablar de migración, es recordar que incluso antes del muro físico iniciado en 1992, ya existía un muro ideológico. Este se originó en 1848, con el establecimiento de la actual frontera de 3,143 km. Aunque al principio era una línea imaginaria, ya representaba una barrera simbólica. El conquistador estadounidense desplazó a miles de mexicanos, obligándolos a elegir entre quedarse y ser ciudadanos de un país que no los respetaba o regresar a México, para conservar su nacionalidad. Muchos que se quedaron, lo hicieron con la promesa de ser reconocidos como ciudadanos estadounidenses; algo que en la mayoría de los casos nunca ocurrió. Desde entonces, este muro invisible ha sido el de la superioridad blanca, una ideología que incluso ha contaminado a personas de ascendencia mexicana, quienes niegan su historia y se vuelven tan xenófobas como Trump.

Hablar de migración, es reconocer que este muro ideológico se profundizó durante el Programa Bracero (1942-1964). Muchos mexicanos que trabajaban legalmente comenzaron a sentirse superiores a quienes migraban sin documentos. Esa división entre connacionales sembró una herida que sigue presente en nuestras comunidades, impidiendo la unidad frente a un enemigo común. En lugar de unirse para enfrentar el racismo, se dividen dándole más poder no solo a las acciones de Trump, sino a todo un sistema de gobierno que siempre los ha explotado.

Hablar de migración, es comprender que al muro ideológico pronto se sumó un muro humano. Los agentes de migración con presupuestos y efectivos cada vez mayores, no detuvieron los cruces; sino que regularon el flujo de migrantes para crear la ilusión de una protección fronteriza. La función de estos agentes nunca ha sido defender a la sociedad estadounidense de una amenaza, sino asegurar que los propios ciudadanos no se vuelvan una amenaza para el gobierno. Desvían la atención de los problemas importantes de la nación y culpan de todo a los opositores y a los migrantes, haciendo que el electorado viva con la falsa sensación de seguridad que les da el Estado; sin darse cuenta de que ese mismo Estado es la fuente de su inseguridad.

Hablar de migración, es también señalar que a partir de la década de 1990, comenzó la construcción del muro físico, iniciando en la frontera entre San Diego y Tijuana para luego extenderse a gran parte de la frontera. El objetivo era facilitar la labor del personal de migración para detener a los migrantes, ya que en los tramos donde no existe un muro físico, se dejó el obstáculo más letal: el desierto y la naturaleza. Este muro de la naturaleza ha cobrado miles de vidas de migrantes, quienes se ven forzados a cruzar por los lugares más peligrosos, lo que a su vez facilita a la Patrulla Fronteriza su detención.

Hablar de migración, es entender que este muro físico también se ha trasladado al sur. En 2019, bajo presión de Estados Unidos, el presidente Andrés Manuel López Obrador desplegó a la Guardia Nacional para contener las caravanas que entraban por Chiapas. Los migrantes fueron empujados a rutas más peligrosas dentro de México, quedando a merced del crimen organizado para ser violentados, secuestrados, extorsionados e incluso asesinados. Y al final de ese terrible camino, al llegar al norte tienen que enfrentar nuevos riesgos antes de intentar el cruce final.

Hablar de migración, es constatar que durante la administración de Joe Biden, el muro se extendió aún más al sur, llegando hasta la selva del Darién, en la frontera entre Panamá y Colombia. Donde se colocó una malla de púas en la parte menos peligrosa de esa frontera, forzando a miles de migrantes a cruzar por rutas mucho más mortales. De esta forma, el muro ya no es solo entre México y Estados Unidos: se ha convertido en una política continental de contención.

Hablar de migración, es denunciar que hoy Donald Trump continúa con su discurso xenófobo, usando al migrante como chivo expiatorio para sembrar miedo en la sociedad estadounidense. Mientras exige el Premio Nobel de la Paz, apoya genocidios como el del pueblo palestino, amenaza con declarar la guerra a Venezuela y alimenta la violencia en México y otros países, fortaleciendo al crimen organizado. No debemos olvidar que Estados Unidos es el principal consumidor de drogas en el mundo y gracias a ello los cárteles obtienen ganancias inimaginables. Este dinero ilícito, a su vez enriquece a sectores de la política y la industria armamentista en Estados Unidos. Los cárteles invierten millones de dólares en la compra de armas para defender su lucrativo negocio, para defenderse del ejército mexicano; mientras las armerías a su vez, cabildean e invierten en los políticos para que estos defiendan sus negocios.

Hablar de migración, es advertir que el muro más grande de todos es el de la indiferencia. Los gobiernos de todo el mundo solo han puesto atención al tema migratorio en este segundo mandato de Trump, cuando ha utilizado a los migrantes como arma política. Esta visibilización no se debe a un humanismo genuino, sino a la presión ejercida desde Washington. Para ellos, el migrante sigue siendo moneda de cambio: recibe los golpes, es discriminado, nunca representado y a pesar de todo, sigue enviando millones de dólares en remesas cada año.

Hablar de migración, es reconocer que gracias a la ofensiva de Trump, los migrantes tienen hoy la oportunidad de exigir a los gobiernos que dejen de esconderse tras discursos vacíos y actúen. No basta con denunciar a Trump: es necesario señalar al sistema mundial, encabezado por Estados Unidos, que históricamente ha explotado a los pueblos más pobres.

Hablar de migración, es también una crítica al gobierno mexicano. Aunque la pobreza ha disminuido en cifras nunca vistas, la deuda con los migrantes es igual de grande e importante que la que se tiene con las comunidades indígenas, LGBTQ+, las mujeres y la niñez -comunidades ya atendidas por el gobierno-. No puede hablarse de justicia social plena mientras esta deuda permanezca pendiente, mientras no se tome en cuenta a los migrantes en el debate nacional y en la agenda del país. Se debe incorporar el tema de la migración de retorno, para evitar que aquellos migrantes que retornan, lo hagan al lugar y la situación que los obligo a emigrar; sino para retornar a un México mejor, un lugar donde las personas migren por gusto y no por necesidad.

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