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HABLEMOS DE MIGRACIÓN: EL SACRIFICIO OLVIDADO DE QUIENES CONSTRUYERON A ESTADOS UNIDOS

Por Diego Torres

Hablar de migración en noviembre, mes en el que en México recordamos a nuestros difuntos, es también reflexionar sobre los millones de hombres y mujeres, que han perdido la vida en su intento por alcanzar una vida digna. Muchos, muriendo antes de siquiera llegar a la frontera, víctimas del crimen organizado; otros fallecieron en el desierto o al intentar cruzar el Río Bravo y algunos más, ya en territorio estadounidense, perdiendo la vida trabajando incansablemente sin alcanzar jamás, el sueño que los impulsó a migrar.

Hablar de migración, es recordar a quienes con su esfuerzo, ayudaron a levantar los cimientos de Estados Unidos, obteniendo como recompensa el morir lejos de la tierra que los vio nacer. Estados Unidos se hizo grande, no por sus muros, ni por sus leyes migratorias cada vez más represivas; sino gracias a millones de migrantes cuyo trabajo fue esencial para su desarrollo. Sin embargo, ese mismo país que se benefició de su esfuerzo, se niega a reconocerlo, por miedo a perder votos ante un electorado desinformado y manipulado por una élite que explota tanto a migrantes como a ciudadanos. El sudor de los migrantes, ha sostenido a la nación más poderosa del mundo y aun así siguen siendo perseguidos, despreciados y criminalizados.

Hablar de migración, es analizar la historia, desde la llegada de los primeros colonizadores europeos —en especial españoles e ingleses— que se apropiaron violentamente de tierras ajenas; la migración ha sido una constante que ha estado marcada por la desigualdad. Aquellos que invadieron y saquearon hoy, se autodenominan “nativos” y desprecian a los migrantes, olvidando que su presencia misma, fue fruto de un desplazamiento violento y que el crecimiento de su nación, dependió siempre de nuevas oleadas migratorias.

Hablar de migración, es recordar a los cientos de miles de africanos esclavizados, que sin desearlo, se convirtieron en migrantes forzados. Arrancados de sus hogares, fueron transportados en condiciones inhumanas y obligados a trabajar sin salario, sin derechos y sin libertad hasta la muerte de muchos de ellos. Su esfuerzo, su cultura y su resistencia, son también pilares fundamentales de los Estados Unidos. Sin embargo, siglos después continúan enfrentando el racismo estructural de un sistema que se niega a reconocer plenamente su humanidad y su legado.

Hablar de migración, es evocar a los trabajadores chinos, que llegaron a Estados Unidos a mediados del siglo XIX. Cuya labor fue decisiva en la minería, la agricultura, la industria y sobre todo, en la construcción de los ferrocarriles que unieron al país y posibilitaron su expansión económica. Quienes además de ser perseguidos y humillados por otros migrantes, se autonombraron “americanos”, miles de ellos murieron como resultado de los abusos infringidos. Esa hostilidad, se consolidó con la Ley de Exclusión China de 1882, fue la primera norma, en prohibir la entrada de un grupo étnico específico, política racista que aún hoy persiste en el sistema migratorio estadounidense y que ha cobrado la vida de cientos de miles migrantes, a través de la historia.

Hablar de migración, es reconocer a los miles de migrantes —muchos de ellos mexicanos— que han muerto intentando llegar a Estados Unidos; desde el Tratado Guadalupe Hidalgo y del Programa Bracero, hasta la actualidad. Los cuales, siguen  siendo víctimas del crimen organizado, ya sea en la selva del Darién o en territorio mexicano, así como también del racismo de grupos armados como los minutemen o los Proud Boys, que patrullan la frontera con el pretexto de “defender” su país, mientras convierten la caza de migrantes en un acto de odio. A ellos se suman quienes mueren en los campos agrícolas, en las fábricas o en las calles estadounidenses; invisibles para las autoridades de ambas naciones, que fingen desconocer algún problema o su mera existencia.

Hablar de migración, es reconocer que estos muertos no pertenecen solo al pasado. Mientras la pobreza, la desigualdad y la violencia, sigan expulsando a millones de personas de sus comunidades, la lista de desaparecidos, abusados y fallecidos seguirá creciendo. La tragedia no está únicamente en el viaje, sino en el sistema que obliga a emprenderlo; en la injusticia estructural que empuja a millones, a buscar fuera lo que les ha sido negado en su propia tierra.

Hablar de migración, es denunciar la tibieza con la que muchos gobiernos, han reaccionado ante las políticas xenofóbicas impulsadas por Donald Trump. Durante su administración, decenas de migrantes murieron bajo custodia o al intentar huir de los agentes de ICE. Estas muertes no fueron accidentes, ni estadísticas frías: fueron el resultado directo de una política de odio, de indiferencia y de deshumanización institucionalizada, que aún persiste en amplios sectores del gobierno y la sociedad estadounidense.

Hablar de migración, es reconocer que quienes perdieron la vida buscando un futuro mejor, tal vez encontraron en la muerte, la paz que la vida les negó. Millones de migrantes aún viven explotados, marginados o perseguidos y lo más doloroso es que, muchos de quienes los persiguen, olvidan que también ellos o sus antepasados fueron migrantes. La memoria de los que ya no están, debe servirnos para no repetir los errores del pasado; sino para transformar la realidad en la que los migrantes siguen muriendo.

Hablar de migración, en este mes de noviembre, cuando honramos a nuestros muertos y celebramos su memoria, es también renovar la esperanza. Mientras muchos gobiernos callan, millones de personas —migrantes y no migrantes— se organizan, marchan y protestan contra el autoritarismo y el odio. Su voz nos recuerda que, mientras haya quien luche por la dignidad humana, la memoria de los migrantes seguirá viva.

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