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LA PARADOJA MIGRANTE DE ESTADOS UNIDOS

Por Diego Torres

Un país construido por migrantes hoy persigue a quienes hicieron posible su grandeza.

“Lideramos el mundo porque, únicos entre las naciones, nuestra gente —nuestra fuerza— proviene de todos los países y de todos los rincones del mundo. Y al hacerlo, renovamos y enriquecemos continuamente nuestra nación”.

Palabras expresadas por el presidente Ronald Reagan durante la ceremonia de entrega de la Medalla Presidencial de la Libertad, el 19 de enero de 1989. Este discurso nos sirve para la reflexión en la coyuntura mundial actual.

El tema principal de este discurso fue el de posicionar a Estados Unidos como el líder de la libertad mundial. Es bien sabido que el imperialismo estadounidense no es un fenómeno nuevo: ha venido creciendo desde la fundación misma de la nación. Sin embargo, en la administración de Reagan existió el reconocimiento a la importancia de los migrantes en la construcción de la grandeza del país. Con el paso de los años, ese reconocimiento se fue diluyendo hasta llegar a la era Trump, donde esa idea se disipó, junto a buena parte del poderío estadounidense.

La ceremonia se dedicó a Mike Mansfield, quien se desempeñó durante años como líder de la mayoría demócrata en el Senado estadounidense y mantuvo una postura de apoyo a la reforma migratoria, así como a George Shultz, figura importante en la diplomacia de Estados Unidos y crítico de Donald Trump en los años previos a su muerte en 2021.

Asimismo, este discurso sirve para hacer una comparación de ese Estados Unidos con su presente, donde todo indica que está a punto de perder su poderío mundial. En ese contexto, Reagan citó una historia para la reflexión y afirmó:

“La libertad de Estados Unidos no pertenece a una sola nación. Somos custodios de la libertad para el mundo. En Filadelfia, hace dos siglos, James Allen escribió en su diario: «Si fracasamos, la libertad dejará de habitar este planeta». Pues bien, no fracasamos. Y aun así, no debemos fracasar. Porque la libertad no es propiedad de una generación; es obligación de esta y de todas las generaciones. Es nuestro deber protegerla, expandirla y transmitirla intacta a los que aún no han nacido”.

Esta historia refleja la ideología imperialista, que persiste hasta hoy en el gobierno estadounidense. Una mentira que, repetida muchas veces, termina convirtiéndose en una narrativa aceptada, llegando al punto en que personajes como Trump crean que sus excesos son en beneficio de la humanidad.

En otra parte del discurso, Reagan comparte un fragmento de una carta que recibió:

“Puedes ir a vivir a Francia, pero no puedes convertirte en francés. Puedes ir a vivir a Alemania, Turquía o Japón, pero no puedes convertirte en alemán, turco o japonés. Pero cualquiera, de cualquier rincón del mundo, puede venir a vivir a Estados Unidos y convertirse en estadounidense».

Esta frase evoca el llamado “sueño americano”, un ideal que hace muchos años desapareció y dio paso a lo que hoy podría llamarse la pesadilla americana: llegar a Estados Unidos, evitar ser detenido por migración y trabajar en condiciones precarias para poder vivir apenas un poco mejor que en el lugar del que se huyó, pero sin un camino a la regularización y en muchos casos, condenado a una forma moderna de esclavitud.

Sin embargo, la frase mejor evidencia el cambio drástico en la política estadounidense (y que al mismo tiempo anuncia el ocaso del imperio) es aquella en la que Reagan afirmaba:

“Lideramos el mundo porque, única entre las naciones, extraemos a nuestra gente —nuestra fuerza— de todos los países y de todos los rincones del mundo. Y al hacerlo, renovamos y enriquecemos continuamente nuestra nación. Mientras otros países se aferran al pasado estancado, aquí en Estados Unidos damos vida a los sueños. Creamos el futuro, y el mundo nos sigue hacia el mañana. (…) Si alguna vez cerráramos la puerta a nuevos estadounidenses, pronto perderíamos nuestro liderazgo en el mundo”.

Este posicionamiento reconoce que la grandeza de Estados Unidos ha sido posible gracias a sus migrantes. Un país que debe su existencia a la migración y su futuro está íntimamente ligado a ella.

La política de Trump basada en detenciones, deportaciones y en cerrar las puertas tanto a migrantes irregulares como regulares no hace sino dañar a su propia población. Son los síntomas de un imperio en declive, y por ello mismo, más peligroso: cuando el poder comienza a agotarse, las élites buscan extraer hasta el último beneficio posible, dejando a su población sumida en la precariedad.

La historia ya ha mostrado este patrón. Lo pudimos ver en la Alemania nazi, donde una vez terminada la guerra, fue su población la que lidió con la devastación y la reconstrucción. En Estados Unidos, durante la gran crisis financiera de 2008, empujó a la pobreza a millones de estadounidenses, mientras que las corporaciones inmobiliarias que ocasionaron esta catástrofe fueron rescatadas, en muchos casos, otorgaron bonos millonarios a sus corporativos antes de declararse en bancarrota.

En el discurso, el presidente Ronald Reagan aludía a la historia de los migrantes cubanos exiliados, que según su relato, celebraban haber tenido en Estados Unidos, un lugar donde escapar. La paradoja histórica es que ese mismo país, que se proclamaba como tierra de libertad, hoy se encamina a dejar a sus propios ciudadanos sin la posibilidad de escapar a ningún lado.

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