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Mujer migrante

Por Diego Torres

En “La Migración en Números”, las cifras no sustituyen las historias: las revelan. A continuación, algunos datos clave ayudan a dimensionar la violencia que acompaña a las mujeres migrantes antes, durante y después del trayecto migrante: el aumento de la violencia sexual en rutas como el Tapón del Darién, la magnitud global de la trata y del trabajo doméstico precarizado y señales institucionales —como el alza de casos VAWA en Estados Unidos— que muestran que el riesgo no termina al llegar al destino.

Los números son fríos y de igual manera, también lo es la triste realidad de la mujer migrante: expulsada por la violencia hacia un camino aún más violento. Los registros de ONU Mujeres, sirven para mostrar de manera sutil, el calvario de cada una de las mujeres que han decidido dejar sus hogares para evitar la muerte; prefiriendo, muchas veces, morir en el intento por alcanzar una vida libre de peligro. Ese sueño, en demasiadas ocasiones, no logra realizarse.

El peligro asecha a las mujeres en todas las etapas de la migración, la violencia de género, la trata de personas, los robos, las violaciones y la explotación son fieles compañías en su andar migrante.

La violencia contra la mujer, inicia antes de que comience su camino migratorio: sociedades machistas y misóginas que las degradan y lastiman en todo momento; gobiernos que, pese a las promesas de solucionar la violencia hacia las mujeres, solo maquillan algunos resultados que en los medios deslumbran, pero que en el fondo ocultan la gravedad de la situación.

Todo este ataque hacia las mujeres, obliga a muchas a tomar la decisión de emigrar para, por lo menos, morir en el intento de escapar de una situación tan precaria, en lugar de morir sin oponer resistencia alguna.

Aquí inicia el purgatorio del camino de las mujeres migrantes: un trayecto que las puede llevar al infierno de los peligros de la migración o, si bien les va, a llegar a su destino —principalmente Estados Unidos— para darse cuenta de que esa violencia de la cual creían escapar, las espera pacientemente al final del camino.

Según Human Rights Watch, las mujeres que pasan por el corredor Sudáfrica–Zimbabue, en su mayoría, han sido violadas o han presenciado una violación durante su camino. Mientras que en el Tapón del Darién, Médicos Sin Fronteras documentó, que la violencia sexual se multiplicó por más de siete.

En ese mismo año, la ONU dio a conocer cifras sobre mujeres víctimas de la mutilación genital: más de 230 millones de niñas y mujeres han sido sometidas a alguna forma de mutilación genital femenina, es decir, a algún tipo de corte, cambio o eliminación de la parte externa de sus genitales.

La trata de personas, es otro de los crímenes a los que se enfrentan las mujeres migrantes. La situación vulnerable de las migrantes, las vuelve un blanco fácil de las organizaciones criminales, que las ven como mercancía que pueden robar y vender cuantas veces les plazca. Pese a que la trata, no es un asunto que atañe únicamente a las mujeres; ellas son tres veces más propensas a ser víctimas en comparación con los hombres. Las cifras de ONU Mujeres, son una clara muestra del peligro al que se enfrentan: el 60% de las víctimas de trata en todo el mundo son mujeres o niñas.

Un informe publicado en 2022, por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, (UNODC) muestra que las víctimas de trata de personas detectadas en todo el mundo, aumentaron 25% en comparación con 2019. Mientras que el Informe Mundial sobre la Trata de Personas, 2024 indicaba que el aumento de los casos de trabajo forzoso mostraba 47%, más víctimas en comparación con 2019. Estas cifras son sólo el número de víctimas detectadas, pero la misma agencia estima que el número real es mayor.

El peligro no cesa una vez llegadas al país destino. La ONU, reporta que en todo el mundo casi la mitad de los millones de migrantes internacionales son mujeres, y la mayoría realiza trabajos domésticos y de cuidados: un sector que, por su propia naturaleza, carece de regulación efectiva. Cifras de ONU Mujeres, indican que existen 75.6 millones de personas que trabajan en el ámbito doméstico y de este universo, el 76% son mujeres.

En Estados Unidos, USCIS reporta que entre los años fiscales 2020 y 2024 el número de casos presentados con el Programa de la Ley de Violencia Contra la Mujer (VAWA) aumentó 360%.

Los centros de detención no están libres de la violencia contra las mujeres. Según cifras recopiladas por The Global Statistics, en 2024 ICE detuvo a 260 mil personas; 23% serían mujeres, situándose como un grupo significativamente vulnerable.

En octubre de 2025, la Unión Estadounidense de Libertades Civiles (ACLU) denunció la situación de mujeres embarazadas detenidas por ICE, quienes permanecen encadenadas sin atención prenatal, recibiendo comida y agua insuficientes. Esto pese a que la propia directiva desaconseja la detención de mujeres en este estado.

La violencia contra las mujeres migrantes, se ha extendido incluso a alcanzar a las activistas que defienden sus derechos. Tal es el caso de Renee Nicole Good, quien fue asesinada el 7 de enero de 2026, en Mineápolis, Minnesota, por un efectivo de ICE, para después ser atacada de la manera más vil, por el gobierno trumpista al llamarla “terrorista doméstica”.

Y aun así, detrás de cada cifra hay un nombre, una madre, una hija, una trabajadora, una joven que no “eligió” el riesgo: la empujaron hacia ello. Si los números son fríos, la obligación de mirarlos con humanidad no lo es. Medir la violencia sirve, sí, pero no basta: el reto es convertir esa evidencia en protección real, rutas seguras, acceso a justicia y condiciones de vida dignas para que migrar no sea un castigo y para qué vivir —simplemente vivir— no sea un privilegio reservado a unas cuantas.

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