HABLEMOS DE MIGRACIÓN
Por Diego Torres
AQUÍ DESDE SIEMPRE
Hablar de migración, nos invita a reflexionar sobre la importancia de la movilidad humana y los enormes avances que la humanidad ha logrado, gracias a la constante búsqueda de las personas por alcanzar una vida mejor. Este fenómeno, tan antiguo como la propia historia, ha dado forma a civilizaciones, culturas y sociedades enteras.
En el caso de México, no podríamos concebir la grandeza de nuestros pueblos prehispánicos sin la migración. Un ejemplo emblemático, es la salida de los mexicas de Aztlán en busca de la tierra prometida. Aquellos primeros migrantes, con esfuerzo, trabajo y posteriormente al uso de la fuerza, lograron extender su influencia hasta Mesoamérica. Lamentablemente, su expansión también trajo guerra y muerte; pero dejaron un legado cultural invaluable que hoy enorgullece a nuestra nación.
De manera similar en Estados Unidos, la migración ha sido fundamental en la construcción de su poderío. Lo que comenzó como trece colonias en la costa este, se transformó a través de conquistas territoriales y la labor de millones de migrantes; para convertirse en una de las naciones más ricas y poderosas del mundo. Sin embargo, esta grandeza también tiene su raíz en historias de explotación y dolor, donde fortunas han sido construidas a costa del sufrimiento de quienes llegan con la esperanza de una vida mejor.
El ciclo de la migración, se repite una y otra vez; donde las comunidades que en su momento fueron desplazadas, ahora son las que explotan y rechazan a los nuevos migrantes. Hoy, con figuras como Donald Trump, quien con un discurso, aunque abiertamente xenofóbico, refleja pensamientos que durante décadas han permanecido en silencio. Este tipo de retórica genera reacciones de defensa hacia los migrantes, pero también pone de manifiesto la hipocresía de quienes durante décadas no han hecho nada efectivo para protegerlos.
Desde la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo, millones de migrantes han sido deportados, despojados, asesinados y desaparecidos; víctimas de un sistema que los utiliza como mano de obra desechable, mientras los expulsa en el momento más conveniente. Aunque se alzan voces prometiendo defender a los migrantes, la realidad es que estas promesas no han frenado el sufrimiento de quienes se ven obligados a dejar sus hogares.
La verdad incómoda, es que el problema no radica en el migrante en sí; sino en el migrante indocumentado, el pobre, aquel que a los ojos de los «legítimos ciudadano”, parece no tener derecho a aspirar a ser igual que ellos. Sin importar que, para obtener el pan de cada día, lo tenga que sacrificar todo, incluso su vida. No solo por un mejor futuro para sí mismo, sino también para su familia, su comunidad de origen y en última instancia, para la sociedad que lo recibe.
Las palabras de Donald Trump no son más que un reflejo de un sistema que, históricamente ha mostrado su desprecio hacia los migrantes indocumentados mediante acciones concretas y políticas, que perpetúan su vulnerabilidad.
Cada día, más personas se ven obligadas a emigrar; impulsadas por la pobreza extrema, la violencia y la falta de oportunidades y condiciones que muchas veces son fomentadas, financiadas y perpetuadas, por políticas e intereses vinculados a Estados Unidos. La llamada «búsqueda del sueño americano», es para muchos una travesía llena de riesgos y sufrimiento. Aquellos que logran llegar a su destino enfrentan una realidad incierta, donde cualquier estabilidad lograda puede desmoronarse en un instante, debido a decisiones políticas o acciones de las autoridades fronterizas.
Hablar de migración en este contexto de crisis migratoria, significa que … es tiempo de reconocer nuestra deuda con los migrantes.
No basta con llamarlos héroes de la nación, cualquier gobierno que realmente busque el bienestar de su pueblo, debe priorizar la protección y el cuidado de los más vulnerables; incluyendo a quienes tuvieron que abandonar su tierra para sobrevivir. No se puede hablar de justicia social, sin incluir a los migrantes en los proyectos nacionales reconociendo su valiosa aportación económica y social.
Hablar de migración, es un llamado enérgico a pasar de las palabras a las acciones. Es hora de defender los derechos de los migrantes de manera tangible; implementando políticas públicas que garanticen su libertad, dignidad y acceso a una vida plena. Esto no es solo un acto de justicia, sino una necesidad para construir un futuro más equitativo y humano para todos.
Quizás el discurso de odio de Donald Trump, al desnudar de manera cruda los prejuicios y la discriminación que enfrentan los migrantes, sirva como un catalizador para que los gobiernos y la sociedad en general, reconozcan la deuda histórica que tienen con quienes han sido el motor invisible de tantas economías y comunidades.
Hablar de migración, significa que es momento de que se les haga justicia a nuestros hermanos migrantes, no con palabras vacías; sino con acciones concretas que transformen sus vidas y aseguren su inclusión y bienestar.

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