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MIGRACIÓN 2025: UN AÑO BAJO ASEDIO

Por Diego Torres

Hablar de migración, durante 2025 significó volver a colocar en el centro del debate un tema históricamente fundamental, pero que había sido relegado de los titulares. Desde las migraciones internas que permitieron la construcción de civilizaciones ancestrales, hasta la edificación de la grandeza de Estados Unidos realizada por manos migrantes; la movilidad humana ha sido un eje estructural de la historia.

Hablar de migración en enero de 2025, donde el tema central fue Donald Trump y la incertidumbre, respecto a cuáles serían sus acciones contra la comunidad migrante tras asumir, por segunda vez, la presidencia de Estados Unidos. Nos llevó a aceptar que, muchos nos equivocamos al pensar que sus palabras quedarían muy por debajo de sus acciones. Tan solo en su primer día de mandato, inició una persecución desmedida, contra las personas migrantes.

Hablar de migración hoy, implica hablar de una xenofobia desatada, no solo por Donald Trump, sino por el sistema neoliberal, que predomina a escala global. En febrero de 2025, pudimos constatar como las acciones del gobernante estadounidense, solo sacaron a relucir un odio sistemático e histórico del gobierno de Estados Unidos —y del mundo— contra las manos que han construido las civilizaciones. México no quedó al margen. La presidenta Claudia Sheinbaum, apenas unos meses antes, durante su visita a Los Ángeles, California, recibió el respaldo y el cariño de una comunidad que, pese a décadas de exilio, continúa amando profundamente a su patria. Esto contrasta con la atención que los migrantes han recibido por parte de la Cuarta Transformación, cuyas acciones, si bien han sido relevantes, resultan insuficientes frente al enorme rezago y la deuda histórica que se tiene con esta población.

Hablar de migración, es exponer las causas que la originan: pobreza, violencia, cambio climático y reunificación familiar. Todas ellas, impulsadas por un modelo neoliberal, cuyo objetivo central, ha sido el empobrecimiento de las mayorías para que un puñado de personas concentre la riqueza y el poder. La consolidación de estas políticas, se hizo evidente en marzo, cuando el gobierno de Donald Trump no solo fortaleció la persecución de los migrantes; sino también el sometimiento de la propia población estadounidense y de otras naciones. En marzo, inició nuevamente el intento de desestabilización en Venezuela, tal como ocurrió en Chile para derrocar a Salvador Allende. Mediante constantes amenazas arancelarias sobre México, Trump intentó injerir en la política económica nacional, obstaculizando la superación de deudas históricas, como el FOBAPROA; paralelamente, continuó fortaleciendo al narcotráfico: por un lado, a través de millones de dólares, provenientes del consumo de estupefacientes para satisfacer la demanda de una sociedad enferma y sumergida en las adicciones; por otro, enriqueciendo a sectores privilegiados, mediante la venta de armas al crimen organizado en México y en el mundo. Sin embargo, no todo fue derrota. En ese mismo mes, comenzó a encenderse la chispa de lo que posteriormente sería el levantamiento de segundas y terceras generaciones de migrantes en Estados Unidos contra Donald Trump.

Hablar de migración, es hablar de personas obligadas a abandonar sus lugares de origen; de historias desgarradoras que casi nunca se cuentan y cuando se cuentan, pocas veces son escuchadas. En abril, aquella chispa comenzó a tomar fuerza. En Estados Unidos, se empezó a hablar como nunca antes, de la aportación real de los migrantes a esa nación. Migrantes de primera generación, impulsaron campañas para informar sobre sus derechos ante la embestida del sistema migratorio; otros esfuerzos se centraron en la educación histórica y cultural de los países de origen, para desmontar el discurso de odio y mentira promovido desde la Casa Blanca. Hablar de migración, dejó de ser una simple descripción del desplazamiento humano para convertirse en un tema profundo y cada vez más politizado.

Hablar de migración, implica hablar de trabajo arduo y mal pagado, de explotación extrema y de violaciones sistemáticas a los derechos laborales y humanos. En mayo, se recordaron los hechos de finales de abril de 1886, cuando obreros explotados iniciaron en Chicago, una huelga para conquistar la jornada laboral de ocho horas. Esa misma ciudad, 139 años después, fue testigo del inicio de una organización masiva, en resistencia contra las políticas xenófobas de Donald Trump. Mayo marcó el comienzo del repudio popular a un personaje con aspiraciones monárquicas. En todo Estados Unidos, millones de ciudadanos salieron a las calles para rechazar un proyecto político que pretende enriquecer a una élite a costa del prejuicio y la exclusión de la mayoria. La marcha del Primero de Mayo, abrazó a los migrantes, otorgándoles una visibilidad y un respaldo nunca antes vistos.

Hablar de migración, también implica mirar hacia el sur. En junio pudimos analizar cómo, a diferencia de Estados Unidos —donde las protestas crecían—, las acciones gubernamentales y sociales al sur de la frontera seguían siendo endebles. Las políticas para atender las causas estructurales de la migración, continúan muy lejos de resolver el problema. Niñas, niños y adolescentes no acompañados, permanecen como uno de los grupos más vulnerables, ya sea en rutas inseguras o bajo la custodia de instituciones que deberían protegerlos. La pobreza y la violencia, siguen en niveles alarmantes, pese a los discursos oficiales que hablan de disminuciones. Entre un gobierno xenófobo, que criminaliza y gobiernos locales que no brindan atención suficiente, los migrantes continúan siendo los más afectados.

Hablar de migración, es hablar del miedo como mecanismo de control. En julio, observamos como el temor —a no tener qué comer o a perder la vida— seguía empujando a miles a intentar llegar a Estados Unidos. Del otro lado de la frontera, las redadas, cada vez más frecuentes, realizadas tanto por ICE como por cazarrecompensas, instalaron un clima permanente de terror entre millones de migrantes. La violencia, ejercida por las fuerzas del orden, superó incluso lo que se había anticipado en el discurso de Trump.

Hablar de migración, es hablar de propuestas indignas. En agosto de 2025, dos congresistas presentaron una reforma migratoria que dejó al descubierto la visión del gobierno estadounidense hacia los migrantes. La llamada Ley Dignidad, impulsada por María Elvira Salazar y Verónica Escobar, evidenció la precariedad en la que sobreviven millones de trabajadores migrantes. Aunque profundamente injusta, esta propuesta reflejó hasta qué punto la dignidad de los migrantes se ha convertido en moneda de cambio política.

Hablar de migración, es hablar de medidas absurdas. En septiembre, se pintó el muro fronterizo de color negro, con el argumento de que el calor impediría su escalamiento. Este acto resume el sinsentido del muro: millones de dólares gastados para satisfacer a un electorado desinformado, mientras el único resultado real ha sido el enriquecimiento de políticos, empresas constructoras y del crimen organizado, que lucra con la pobreza migrante.

Hablar de migración, en Estados Unidos es abordar el tema de la hispanidad, la mayor minoría del país y de sus enormes aportaciones económicas, culturales y cívicas. En octubre, pese a la persecución, fuimos testigos de una resistencia creciente y de una mejor organización de la comunidad latina, frente al gobierno opresor de Trump. En México, el programa “México te Abraza”, brindó apoyo a algunos migrantes retornados, pero también dejó claro que la mayoría —quienes ya tienen una vida construida del otro lado del muro— continúa desprotegida.

Hablar de migración, es hablar de muerte. En noviembre, recordamos a las cientos de miles de personas que han perdido la vida en su intento por llegar a Estados Unidos, así como a quienes murieron en territorio mexicano y permanecen desaparecidos, probablemente sepultados en fosas clandestinas, sin ser buscados. Este abandono, perpetúa el dolor de las madres buscadoras. Sin embargo, también fue un mes de esperanza: las protestas continuaron creciendo y cada vez más migrantes, se sumaron a la lucha contra el autoritarismo; demostrando que mientras exista resistencia, la memoria migrante seguirá viva.

Hablar de migración, entre políticas restrictivas y la resiliencia comunitaria, define un año marcado por la violencia y el odio. Diciembre, mes de reflexión, nos obliga a mirar el camino recorrido y a cuestionar el futuro.

Hablar de migración, no debería ser solo hablar de Donald Trump. Sin embargo, este individuo ha ensombrecido un fenómeno complejo y global. El peligro, no radica únicamente en el daño que inflige a los migrantes en Estados Unidos; sino en la posibilidad de que su modelo xenófobo se replique en otros países, fortaleciendo a gobiernos de derecha y oscureciendo aún más, el porvenir de millones de personas migrantes.

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