REMESAS A LA BAJA, HOGARES EN RIESGO
Por Diego Torres
La disminución del flujo de remesas en 2025 revela el impacto directo de la política migratoria y del contexto económico en las familias más vulnerables de México.
Las remesas han representado una pieza fundamental en la economía mexicana. Durante años, la noticia de superar los ingresos del periodo anterior era una constante. Incluso durante la pandemia de Covid-19, el dinero que mandaron los migrantes mexicanos en Estados Unidos a sus familiares no solo sostuvo la economía familiar, sino que permitió que el país saliera de la emergencia sanitaria sin la necesidad de endeudamiento externo.
Sin embargo, en el 2025 se dio un cambio en esta tendencia. Por primera vez en años, no se logró romper el récord del año anterior y el ingreso por remesas fue de poco más de sesenta mil millones de dólares. Lo que representó una caída de alrededor de los tres mil millones de dólares. A primera vista, esta baja no parece afectar a la economía mexicana, no obstante, tiene un impacto directo en miles de hogares que dependen de ese ingreso para sobrevivir en un país que sigue con problemas estructurales que golpean a los sectores más vulnerables.
Son diversos factores los que influyeron en esta reducción. El más evidente fue la política migratoria impulsada por el gobierno de Donald Trump. El regreso de las redadas en Estados Unidos generó un estado de miedo entre la población migrante indocumentada, estimada en por lo menos seis millones de personas. Pese a que las detenciones y deportaciones se mantuvieron en los rangos históricos (muy por debajo de lo prometido por Trump), el impacto psicológico fue profundo. Muchos migrantes se ausentaron de sus trabajos ante los rumores de redadas en sus comunidades, afectando de manera significativa su economía. Otros, tras décadas de residir en Estados Unidos, comenzaron a ahorrar para enfrentar posibles procesos migratorios, reduciendo así el monto de sus remesas.
La disminución de los flujos migratorios que saturaron México también jugó un papel importante en la llegada de divisas a nuestro país. Sin embargo, es importante señalar que muchos de esos migrantes, que estaban en espera de continuar su viaje hacia el norte, permanecen aún en territorio mexicano. Las repatriaciones que ha realizado el INM son mínimas, lo que significa que una parte de esta población continúa recibiendo remesas de sus familiares en Estados Unidos.
El hecho de que las remesas solo se redujeran en un porcentaje relativamente bajo pone de manifiesto el enorme sacrificio que realizan las y los migrantes por continuar enviando dinero y cumplir con compromisos adquiridos: pagos de vivienda, educación de sus hijos, deudas e incluso pequeñas inversiones.
A este panorama se suma otro factor que aumenta el calvario de los migrantes. En tanto que en Estados Unidos son perseguidos por ICE, en México también se ven afectados por el fortalecimiento del peso, que ha reducido el valor real de las remesas. Con un dólar que se cotiza en menos de dieciocho pesos, el dinero enviado alcanza para menos. Si bien, la fortaleza del peso es positiva para la economía nacional, para los migrantes y sus familias representa una presión adicional.
La pregunta es inevitable: ¿qué ocurrirá si las remesas continúan disminuyendo mientras el peso se mantiene fuerte? Los más afectados serían, una vez más, los sectores vulnerables de la población. Por ello, es urgente replantear la estrategia nacional en torno a las remesas.
Estas no pueden continuar siendo un mecanismo de supervivencia. Es imprescindible que se canalicen hacia proyectos productivos y de desarrollo económico en beneficio directo del migrante y su familia. La meta debe ser clara: transformar las remesas en una herramienta que permita salir de la pobreza y generar ingresos sostenibles dentro del país, en lugar de depender permanentemente del envío de dinero desde el extranjero.

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