MIENTRAS EN ESTADOS UNIDOS: JAQUE A LA DEMOCRACIA
Por Diego Torres
El pasado 6 de enero de 2021, Estados Unidos sorprendió al mundo con la noticia del intento de toma del Capitolio: la “casa de la democracia y la libertad”, sería ultrajada por centenares de personas, que tras una campaña electoral, en la que Donald Trump se enfocó en descalificar a Joe Biden y al Partido Demócrata; fueron convencidas de que se había cometido fraude. Ese relato, empujó a varios de sus seguidores —en su gran mayoría supremacistas blancos— a salir a las calles y hacer todo lo posible para evitar el triunfo del demócrata. Aquel acto, marcó el inicio de un camino por el que Trump, está llevando a su propia nación, hacia un futuro donde todos pierden, menos él y a quienes representa.
Los informes más recientes, sobre la distribución de la riqueza a nivel mundial, siguen siendo desalentadores: un pequeño puñado de familias posee una parte desproporcionada de la riqueza del planeta. Y bajo la administración de Trump, no ha cambiado el porcentaje de esas familias; lo que sí ha cambiado es la cantidad de dinero que concentran, ampliando todavía más la brecha.
El ciudadano estadounidense, castigado por años de precariedad económica —y acentuada por la pésima administración de Biden—que votó por Trump, creyendo en sus mentiras y en sus promesas de que él, lo arreglaría todo tan pronto llegara a la presidencia. Pero esos mismos ciudadanos (y otros más), no solo siguen viviendo con las mismas carencias; también se ha incrementado la inseguridad que se esparce en territorio estadounidense.
Una parte de esa violencia, empezó a tomar forma, cuando Trump buscó cumplir una de sus tantas promesas: “Inmediatamente después de prestar juramento, lanzaré el programa de deportación más grande en la historia de Estados Unidos” (declaración realizada durante un mitin en Duluth, Georgia, en octubre de 2024). Esta y otras declaraciones en torno al tema, no fueron promesas vacías: se han venido cumpliendo poco a poco. Y la característica de estas acciones son claras: cada vez son más violentas, más violatorias de las leyes —incluida la propia Constitución— y lo aún más grave, dirigidas incluso hacia ciudadanos estadounidenses.
Poco a poco, Trump ha ido construyendo un modelo que le permita imponerse en el gobierno de Estados Unidos, por lo menos un periodo más. Los migrantes han sido la base sobre la que se levanta esa plataforma que, con el tiempo, se fortalece. Paradójicamente, los migrantes que ayudaron a construir esa nación de la libertad, hoy están sirviendo de pretexto para alimentar una maquinaria de imposición autoritaria.
La orden ejecutiva de perdonar a 1,600 criminales, que participaron en el intento de toma del Capitolio, no fue una acción en busca de justicia; fue la primera jugada en un tablero de ajedrez que, es la lucha por el poder en Estados Unidos. Y como en toda partida, la primera jugada, es el avance de los peones: esos que atacarán al enemigo (en este caso, los migrantes representan, en la narrativa trumpista, “los peones del contrario”) pero que también serán, llegado el momento, los sacrificables.
La segunda movida de Trump, fue atacar a los migrantes en Los Ángeles, para impulsar su propaganda antimigrante y presentarse como el único capaz de “arreglar” cualquier problema. Con medios sumisos, como Fox News, se mostraron actos violentos, por parte de ciudadanos estadounidenses hijos de migrantes indocumentados, pero no se mostró con la misma fuerza, que fueron los federales quienes iniciaron la violencia. La tercera movida, fue lograr el mayor financiamiento para ICE y la cacería de migrantes: algo que no habría sido posible sin la colaboración de algunos demócratas que, una vez más, traicionaron a quienes dicen representar.
El “One Big Beautiful Bill”, destina recursos históricos a algo que no los necesita. Las deportaciones bajo el mandato de Obama y Biden, fueron superiores a las de Trump en su primer periodo y eso ocurrió sin necesidad de esos recursos extraordinarios. Es evidente, que ese dinero no está dirigido únicamente a detenciones y deportaciones: se está ocupando para amedrentar al pueblo estadounidense y bajo el miedo, evitar que se aborden temas como los “Epstein Files”, el genocidio en Gaza, el peligro de que millones de estadounidenses queden sin cobertura médica y otros muchos más.
Según informes del propio ICE, treinta migrantes perdieron la vida bajo su custodia en 2025 y en lo que va de 2026, ya se registraron cuatro decesos más. Otra jugada de Trump, ha sido fortalecer a sus “alfiles”. Los intereses de empresarios, que se enriquecen, gracias a sus políticas; desde los dueños de centros de detención hasta los de la industria petrolera, (beneficiados por ejemplo, por el secuestro de Nicolás Maduro). Pero, aun siendo parte importante de la administración, también son piezas sacrificables en el mundo trumpiano.
El objetivo es dar jaque al rey opositor. Ese rey es la débil, simulada y muchas veces violada democracia estadounidense. Las verdaderas piezas clave en el tablero de Trump, son sus propios ideales, su moral y su irracionalidad. Hay una guerra interna en Estados Unidos.
Manifestaciones como las marchas de “No King”, evidenciaron un descontento generalizado contra las acciones de Trump. Muchos de quienes creyeron en sus promesas de campaña, comenzaron a cambiar de parecer y a manifestarse en su contra. La respuesta de Trump fue, endurecer la persecución, incluso con deportaciones de migrantes legales y desplegar fuerzas como la Guardia Nacional en D.C., Illinois, Portland y otras ciudades.
Las protestas más recientes en Minneapolis, dejaron claro que el miedo infundido desde la Casa Blanca, no iba a frenar el descontento. Por eso se ha recurrido a la intimidación abierta. El pretexto sigue siendo, los migrantes; pero la realidad es que esta violencia, está dirigida a la ciudadanía. Lo muestran las dos muertes más recientes de ciudadanos estadounidenses, que se atrevieron a ejercer sus derechos constitucionales: el derecho a manifestarse y el derecho a poseer armas.
La partida apenas está iniciando y como en todo juego de ajedrez, las blancas siempre llevan ventaja, pero eso no significa victoria absoluta. Hoy la lucha es desproporcionada: los migrantes, los ciudadanos estadounidenses y los líderes mundiales, todavía tienen las limitantes de la ley; algo que los supremacistas instalados en la Casa Blanca dejaron atrás hace tiempo. Esta guerra, que hoy se manifiesta en pequeñas batallas representadas por protestas en algunas ciudades, puede desbordarse y convertirse en una guerra civil. Y esa guerra civil, sería utilizada por Trump, para lograr su objetivo final: declarar un estado de excepción que le permita perpetuarse en el poder.

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