Written by

,

La infancia migrante en la era de la deshumanización

Por Diego Torres

Hablar de migración, en el contexto de las niñas, niños y adolescentes, es uno de los temas más dolorosos dentro del cruel mundo de la migración. Todas y cada una de las vulnerabilidades a las que se enfrentan los migrantes, se elevan de manera exponencial mostrando el grado de descomposición social que ha alcanzado a la humanidad.

En este escenario, la clase dominante, por una ambición sin límite, utiliza a los migrantes como carbón para alimentar el fuego que mueve la locomotora que los lleva en su camino hacia el poder absoluto. Pero también, la población en general ve el dolor de los migrantes y no se inmuta en lo absoluto. Incluso cuando se trata de menores obligados a salir de su lugar de origen, expulsados por condiciones tan nefastas, que el peligro que les espera en su camino palidece ante estas.

La migración de niñas, niños y adolescentes no es nueva. Lo que sí es nuevo, es la modalidad: cada vez son más los menores, que se han visto forzados a emigrar sin acompañamiento, lo cual nos invita a reflexionar sobre el grave problema, que enfrentan los países expulsores de migrantes, cuando no son capaces ni siquiera de proteger a los más vulnerables.

Si bien es cierto, que la migración infantil no es nueva; sí lo es la escala de menores que se ven obligados a emigrar. Además de esta intensificación, se debe contemplar que también se amplió la visibilidad política y la formación de nuevas rutas más peligrosas a las que se tienen que enfrentar, cada vez más solos y más jóvenes, lo que los pone en serio peligro de muerte.

Registros como el anuario BBVA–Migración y Remesas, muestran cómo entre 2012 y 2014, la migración de menores sin acompañamiento, comenzó a crecer en las diferentes rutas hacia Estados Unidos. Mientras que el portal Eurostat, informa que el mayor número de menores migrantes en la Unión Europea se dio a partir de 2015.

Ya en 2020, UNICEF estimaba que los menores migrantes rondaban los 36 millones en todo el mundo; lo que representó un aumento considerable, tomando en cuenta que entre 1990 y 2000 se contabilizaron 24 millones. Y en 2024, se estimó que había más de 48 millones de menores desplazados.

Las condiciones que obligan a los menores a emigrar, son las mismas que obligan a los adultos, pero por el hecho de tratarse de menores, lo hace aún más desgarrador. UNICEF identifica a la pobreza, la desigualdad estructural, la falta de acceso a educación, salud y protección, a la violencia criminal, la inseguridad alimentaria, la inestabilidad política y, por supuesto, el cambio climático. A esto, hay que agregar la falta de padres o tutores, que pudiesen ofrecer un poco de protección dentro de estas condiciones precarias.

Lo paradójico es, que muchas de las causas de las que escapan, los golpearán más brutalmente en su camino migratorio, donde también se verán expuestos a la trata, trabajos forzosos y explotación criminal.

Tendremos que esperar a que se descubran todas las fosas clandestinas en México, donde se encuentren todos los desaparecidos de la selva del Darién, en la frontera entre Colombia y Panamá; en el Mar Mediterráneo, en las zonas desérticas de África y en el desierto en la frontera de Estados Unidos, para saber el número de menores que han perdido la vida en su camino.

Lo cierto hoy, es que cientos, si no es que miles de madres buscadoras, guardan la esperanza de encontrar a sus hijos con vida, aún después de varios años de búsqueda.

Aún más triste, es que una vez que los menores migrantes logran pasar todos los obstáculos, se enfrentan a la migra. Sin importar de dónde sea esta, el trato hacia los migrantes —incluso hacia los menores— es el mismo: represivo. Aunque nada se compara, con la agresividad que ha mostrado el gobierno de Donald Trump, contra los menores migrantes, a quienes, a pesar de que las leyes internacionales los protegen, los han tratado como adultos, deteniéndolos por un tiempo indefinido, forzándolos a presentarse solos, ante jueces que sin compasión los deportan hacia el mismo lugar del que vienen escapando. O incluso, enviándolos al Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT) en El Salvador.

La violencia contra las niñas, niños y adolescentes migrantes, es un problema mundial del que poco se reconoce. Los discursos por parte de los gobiernos, no cesan sobre la protección de los más desprotegidos, pero sólo quedan en palabras ante la cruel y fría realidad. La cantidad de menores, que han sido expulsados por sus propios gobiernos, criminalizados y persiguiéndoles por donde transitan y a donde llegan; muestra la deshumanización a la que hemos llegado.

Hoy miles de niños, no pueden dormir en Palestina, por el temor de ser víctimas del genocidio israelí del que son objeto desde hace varios años, o por el miedo de un bombardeo en Irán. Miles más, no duermen por hambre o por miedo, a los actos violentos de pandillas en Haití o en varios países africanos.

Otros tantos, que creyeron haber alcanzado el sueño americano al llegar a su destino y tras haber sido detenidos, duermen en centros de detención.

Sus cuerpos cansados, por el agotamiento de las largas jornadas que los dejó exhaustos; pero despertarán para percatarse de la realidad: su infierno no ha terminado. Muchos serán deportados, otros lograrán quedarse para ser explotados en los campos de cultivo estadounidenses o en fábricas, cuyos dueños amasan fortunas con la explotación laboral infantil.

La migración, es un fenómeno natural de los humanos. Lo que no es normal, es la deformación de este fenómeno por intereses capitalistas. La codicia de poder de los gobernantes, ha convertido la migración en un modelo que se ha perfeccionado con el tiempo, convirtiéndola en una industria de esclavitud, explotación y denigración de la vida humana.

La población, no está exenta de esta crueldad: es cómplice silenciosa de esta injusticia cuando prefiere, culpar a los gobiernos y tacharlos de tiranos, pero no hace nada por cambiarlos; cuando prefiere mirar hacia otro lado y dejar de ver a los menores migrantes, como si el hecho de no verlos directamente, silenciara el grito desesperado de ayuda, que ruge en el espacio desde hace ya varios años.

Y los migrantes también son culpables: esos migrantes que sufrieron como todos, para poder llegar y que han logrado establecerse aprendiendo a vivir en las sombras, o logrando la regularización de su situación migratoria; incluso la ciudadanía para algunos, se han olvidado de ese dolor y no hacen nada por ayudar a los menos afortunados, aún si estos son infantes.

Si la humanidad quiere sostener la idea de que la vida vale, entonces tiene que mirarse en este espejo: el de las niñas, niños y adolescentes migrantes. Porque en ellos se mide el nivel real de civilización de un mundo que dice proteger, pero que en la práctica abandona, criminaliza y explota. Aquí no basta con discursos: o se rompe la indiferencia, o la descomposición seguirá creciendo con cada niño que emprenda el camino solo.

Deja un comentario