El trabajo de los migrantes: la base de la grandeza de Estados Unidos
Por Diego Torres
Hablar de Migración en mayo, obliga a mirar de frente una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: Estados Unidos repite consignas sobre recuperar su grandeza, mientras una parte decisiva de esa grandeza se ha sostenido, durante décadas, en el trabajo de los migrantes. De acuerdo con el U.S. Bureau of Labor Statistics, en 2024 las personas nacidas fuera de Estados Unidos, representaron el 19.2% de toda la fuerza laboral civil del país. Además, la situación irregular de los migrantes, permitió que estuviesen sobrerrepresentadas las ocupaciones de servicios, construcción, mantenimiento, producción y transporte y movimiento de mercancías; es decir, en varios de los trabajos que mantienen funcionando la vida cotidiana y la economía estadounidense. Sin embargo, los ingresos semanales medianos de los migrantes, siguieron por debajo de los de los trabajadores nacidos en ese país: 1,001 dólares frente a 1,190 dólares semanales (U.S. Bureau of Labor Statistics [BLS], 2025).
Esa dependencia no nació ayer. Está inscrita en la propia historia del crecimiento económico de Estados Unidos; durante la segunda mitad del siglo XIX, la explotación de la mano de obra china en la construcción del ferrocarril y en otras tareas fundamentales de la expansión industrial; después, en otra etapa de la historia estadounidense, la dependencia se trasladó con fuerza hacia la mano de obra mexicana. El Programa Bracero, creado en 1942, no sólo institucionalizó el uso de trabajadores mexicanos en labores principalmente agrícolas; también dejó sembrada una lógica de subordinación laboral, que continuó aun cuando el programa terminó en 1964. El Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos, reconoció que el Programa Bracero “institucionalizó las migraciones mexicanas previas” y además, estimuló la migración irregular, mientras que otros materiales oficiales del mismo organismo, señalan que se prolongó la depresión salarial en el campo y se convirtió en un obstáculo serio para la sindicalización, porque muchos empleadores prefieren trabajadores vulnerables, antes que negociar con trabajadores organizados (National Park Service [NPS], 2020; NPS, 2025).
Ahí está una de las claves para entender lo que vino después. Estados Unidos, descubrió que podía sostener una parte importante de su crecimiento con una fuerza de trabajo altamente productiva, disciplinada por el miedo, mal pagada y jurídicamente vulnerable. En otras palabras, una mano de obra indispensable, pero sin derechos plenos. Esa fórmula, resultó funcional para el agronegocio; para la expansión de pequeños y medianos negocios y, con el tiempo, para amplios sectores de servicios. La grandeza material de la que tanto presume la política estadounidense, no se explica sin ese trabajo migrante que produce riqueza, abarata costos y sostiene el consumo de otros sectores sociales (BLS, 2025; NPS, 2025).
En el campo estadounidense esa dependencia sigue siendo brutal. Datos del U.S. Department of Agriculture, Economic Research Service, muestran que en 2022, sólo 32.1% de los trabajadores contratados en cultivos eran nacidos en Estados Unidos, mientras 42.1% carecía de autorización laboral. Es decir, una parte enorme de la agricultura estadounidense, descansa precisamente sobre trabajadores migrantes colocados en condiciones de mayor vulnerabilidad. No se trata de un fenómeno marginal; sino de una estructura económica: el sistema alimentario de Estados Unidos sigue necesitando trabajo migrante para abaratar costos y sostener su competitividad (U.S. Department of Agriculture, Economic Research Service [USDA ERS], 2022).
Pero esta historia, no puede contarse sólo desde el lado estadounidense. También, hay que mirar lo que ese modelo ha significado para México. La integración económica impulsada desde el TLCAN y luego continuada, con cambios limitados, en el T-MEC, no resolvió la desigualdad estructural entre ambos países. Por el contrario, distintos análisis han documentado que la agricultura mexicana fue una de las grandes perdedoras. Un estudio difundido por Migration Policy Institute sintetizó con claridad ese efecto: la agricultura mexicana, perdió frente al comercio con Estados Unidos; el empleo en el sector cayó de manera importante y las exportaciones estadounidenses de cultivos subsidiados, como el maíz, deprimen los precios agrícolas en México. Los sectores rurales más pobres, cargaron con el peso de ese ajuste sin apoyo suficiente del Estado (Audley et al., 2004). Dicho de otra manera: mientras Estados Unidos consolidaba su acceso a mano de obra barata; México veía deteriorarse las condiciones de arraigo de muchas comunidades rurales.
Por eso hablar del trabajo migrante, también es hablar del desmantelamiento del campo mexicano. Durante décadas, millones de personas fueron empujadas a salir no sólo por la pobreza en abstracto; sino por un modelo de integración desigual que debilitó la producción local, precariza al campesinado y volvió más rentable migrar, que permanecer. Se vaciaron comunidades, se fracturaron familias y se consolidó una economía de expulsión. Lo más cruel de esta historia, es que muchas de esas personas terminaron fortaleciendo, con su trabajo, a la misma economía que había contribuido a desordenar sus territorios de origen (Audley et al., 2004; BLS, 2025).
Mayo tiene, además, una carga política y simbólica que no debe pasarse por alto. Aunque la tradición obrera internacional, asocia el Primero de Mayo, con la memoria de los mártires de Chicago y con la lucha histórica de la clase trabajadora; en Estados Unidos se celebra hasta el primer lunes de septiembre. En un intento por romper cualquier vínculo de la celebración laboral, con la lucha por los derechos laborales. Sin embargo, para millones de migrantes, mayo sigue teniendo un significado especial: es el mes en que la memoria obrera, se cruza con la memoria migrante y se hace visible que una parte esencial de la riqueza estadounidense, ha sido levantada por manos extranjeras.
Esa centralidad económica, sin embargo, no se ha traducido en derechos plenos. Al contrario: en los escalones más precarios de esta estructura, aparecen la explotación, el robo salarial, la sobrecarga laboral y, en muchos casos, la violencia. Esto golpea con especial dureza a las mujeres migrantes y a la infancia migrante. La Government Accountability Office de Estados Unidos, advirtió en 2025, que los menores no acompañados que llegan al país, han estado expuestos a trauma y violencia; que además, pueden enfrentar un mayor riesgo de convertirse en víctimas de trata. En el año fiscal 2023, la Oficina de Reasentamiento de Refugiados, atendió aproximadamente a 119,000 menores no acompañados, una cifra que revela la dimensión humana del problema (U.S. Government Accountability Office [GAO], 2025). Cuando esa vulnerabilidad se cruza con el mercado laboral, la explotación deja de ser una excepción y se vuelve parte del paisaje.
No se puede concebir hablar de migración, sin que esté implícito el trabajo. Pero tampoco se puede hablar honestamente del trabajo migrante, sin señalar la hipocresía estructural de un sistema que necesita a los migrantes para sostener su economía, mientras los criminaliza en el discurso político. Estados Unidos no sólo se ha beneficiado históricamente del trabajo de millones de migrantes; en muchos sentidos, ha construido parte de su poder económico gracias a ellos. Y México, al mismo tiempo, ha pagado una factura altísima: pérdida de fuerza productiva, deterioro rural, desarraigo comunitario y dependencia de un modelo que expulsa personas, para luego convertirlas en mano de obra barata en el otro lado de la frontera. Hablar de Migración en mayo, entonces, es hablar de trabajo, de memoria, de despojo y de injusticia. Es recordar, que detrás de la riqueza de una potencia, hay millones de historias de esfuerzo, que rara vez son reconocidas con la dignidad que merecen.

Deja un comentario