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César Chávez, el campo y la fractura migrante

Por Diego Torres

Hablar de Migración, nos obliga a mirar del otro lado del muro simbólico, que muchas veces levantamos dentro de nuestra propia historia. En los últimos días, el nombre de César Chávez, ha vuelto al centro del debate público; acusaciones graves que han provocado cancelaciones de homenajes, cambios de nombre en espacios públicos y una discusión más dura sobre su legado. Esa discusión es necesaria, pero no debe hacerse a gritos, ni con simplificaciones. Una cosa son las acusaciones recientes que hoy sacuden su figura pública; otra, la historia de la organización sindical campesina en Estados Unidos. Mezclarlo todo, sin matices, sólo empobrece el análisis.

No se puede negar que César Chávez, fue una figura central en la defensa de trabajadores agrícolas; que durante décadas vivieron entre salarios miserables, exposición a pesticidas, jornadas agotadoras y una protección laboral siempre insuficiente. Junto con Dolores Huerta y miles de jornaleros, ayudó a colocar en la conversación nacional, la dignidad del trabajo en el campo y la necesidad de organizar a quienes durante mucho tiempo, habían sido tratados como mano de obra desechable. Incluso hoy, historiadores y observadores serios, siguen hablando de una herencia compleja: una lucha real por derechos laborales, pero también una trayectoria llena de contradicciones.

Para entender por qué ocurrió eso, hay que ir más atrás. El problema no surgió de la nada, ni puede explicarse sólo por el carácter de un dirigente. El Programa Bracero, que funcionó entre 1942 y 1964, institucionalizó los flujos de trabajadores mexicanos hacia Estados Unidos y, al mismo tiempo, ayudó a normalizar una economía agrícola dependiente de mano de obra mexicana barata. El propio Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos, reconoce que ese programa “institucionalizó” migraciones previas y también estimuló la migración irregular posterior. Cuando el programa terminó, la necesidad de trabajo siguió existiendo del lado estadounidense, mientras del lado mexicano persistían la precariedad rural y la falta de alternativas. Así, se consolidó una fórmula muy útil para los patrones: seguir recibiendo trabajadores, pero ahora con menos derechos y más miedo.

Por eso, no se puede hablar de César Chávez, sin hablar del sistema económico que lo rodeó. La agricultura estadounidense no sólo utilizó trabajo migrante; lo convirtió en una pieza estructural de su funcionamiento. En 2024, las personas nacidas fuera de Estados Unidos, representan el 19.2% de toda la fuerza laboral civil del país. En el campo, la dependencia es todavía más clara: el Departamento de Agricultura reporta que, en 2022, apenas 32.1% de los trabajadores contratados en cultivos, eran nacidos en Estados Unidos; mientras 42.1% carecía de autorización laboral. El mensaje histórico ha sido brutalmente coherente: se necesita al trabajador migrante, para sostener la producción, pero no se le quiere reconocer plenamente como sujeto de derechos.

México también paga el costo de esa historia. Los campesinos que cruzaron o intentaron cruzar hacia Estados Unidos, no salieron por capricho, sino empujados por condiciones estructurales. Primero fue la desigualdad histórica del campo; después, la profundización de un modelo comercial que debilitó todavía más la producción rural mexicana. El Migration Policy Institute, documentó que, con el TLCAN, la agricultura mexicana fue una de las grandes perdedoras: el empleo del sector cayó con fuerza y los cultivos subsidiados de Estados Unidos, como el maíz, deprimen los precios en México, golpeando sobre todo a la población rural pobre. Visto así, la historia se vuelve todavía más dolorosa: muchos de los campesinos que habían sido expulsados por la precarización del campo mexicano, terminaron sosteniendo con su trabajo la prosperidad agrícola del país que más se benefició de esa asimetría.

Por eso resulta insuficiente decir, simplemente que César Chávez fue un defensor de los latinos. Lo fue, sí, pero de manera parcial, situada y contradictoria. Defendió a un sector concreto del trabajador latino en Estados Unidos, pero no construyó, al menos en sus primeras etapas, una defensa plena del migrante indocumentado como parte del mismo sujeto político. Ahí aparece una de las lecciones más duras para nuestra comunidad: la falta de organización amplia y la facilidad, con que se fractura la solidaridad, cuando el sistema logra dividir entre “legales” e “ilegales”, entre establecidos y recién llegados, entre sindicalizados y desechables. Esa fractura, no pertenece sólo al pasado. Sigue siendo una de las debilidades más grandes del poder migrante en Estados Unidos.

También sería injusto congelar la historia en ese momento. La UFW de hoy, ya no ocupa esa postura frente a los indocumentados. En los últimos años, ha respaldado rutas de regularización y, más recientemente, ha litigado contra operativos migratorios que, según la ACLU, detuvieron y presionaron a personas racializadas y trabajadores del campo sin base legal suficiente. Además, este mismo año la UFW, demandó reglas federales, que reducirían el salario mínimo de trabajadores agrícolas con visa H-2A, argumentando que eso suprimiría el ingreso de todos los trabajadores del sector; incluidos ciudadanos y migrantes. Es decir, la organización que nació en una etapa de fuerte conflicto con los indocumentados, hoy se encuentra del lado de su defensa frente a redadas, abusos y deterioro salarial. Ese giro también merece ser dicho.

Por eso, al revisar hoy, la figura de César Chávez, no conviene caer ni en la santificación ni en el borrado absoluto. Lo que se necesita, es una lectura adulta de la historia. Reconocer sus aportes a la organización campesina, que no debe implicar ocultar sus acciones contra migrantes indocumentados. Y señalar esas acciones, tampoco debería servir para debilitar la defensa sindical, ni la necesidad urgente de proteger a los jornaleros de hoy. Al contrario: tendría que empujarnos a algo más grande, que es visibilizar a todos los liderazgos migrantes y latinos, que durante años han defendido a sus comunidades sin recibir el mismo reconocimiento público. Porque mientras la comunidad migrante, siga depositando toda su fuerza en figuras individuales y no en una organización más sólida, amplia y consciente de sus propias fracturas, seguirá desperdiciando una parte enorme de su poder histórico.

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