Por Diego Torres
Hablar de Migración, obliga a mirar la historia de Estados Unidos desde sus raíces. La construcción del imperio estadounidense, parte de los primeros colonizadores y se basó en la explotación. Primero fue la explotación de las personas traídas de África como esclavas; después, cuando dejó de ser negocio, siguió la explotación de migrantes chinos, italianos, judíos, japoneses y por supuesto, mexicanos; para luego extenderse a migrantes de todo el mundo. El Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana, ha señalado que el trabajo de las personas esclavizadas impulsó el crecimiento de la economía estadounidense y ayudó a convertir a Estados Unidos, en una potencia económica global.
Estados Unidos, es una tierra de migrantes. Todos, a excepción de las personas esclavas, llegaron escapando de condiciones adversas en sus lugares de origen. Los colonizadores, buscaban las riquezas del nuevo continente y utilizaron a los esclavos para conseguirlo. Ya iniciada la expansión colonialista, se necesitó mano de obra; la cual encontraron en los chinos que escapaban de la pobreza que vivían en su país. Ellos fueron pieza fundamental en la agricultura, la minería y la construcción del ferrocarril transcontinental. Los Archivos Nacionales, reconocen que la llegada de trabajadores chinos respondió, en parte, a la necesidad de mano de obra barata; especialmente para la construcción de ese ferrocarril.
Asimismo, italianos, polacos, ucranianos, lituanos, rusos y muchos otros, llegaron escapando de la pobreza y encontraron, muchos de ellos en Estados Unidos, un camino hacia una vida digna. Pero no todos los migrantes llegaron a Estados Unidos cruzando una frontera. En el caso de los mexicanos, después de la pérdida de más de la mitad del territorio mexicano con la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo, miles de mexicanos se convirtieron en migrantes en la misma tierra que los vio nacer. Los Archivos Nacionales señalan que, con ese tratado de 1848, México cedió el 55% de su territorio, incluyendo lo que hoy forma parte de California, Nevada, Utah, Nuevo México, gran parte de Arizona y Colorado, así como partes de Oklahoma, Kansas y Wyoming.
Estos migrantes ayudaron, primero, a la expansión del territorio estadounidense y posteriormente, al fortalecimiento de una joven nación que terminaría convirtiéndose en la primera potencia mundial.
Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, los migrantes que llegaron a Estados Unidos, ya no solo eran personas escapando de la pobreza; sino también de la violencia de la guerra. En ese mismo periodo, Estados Unidos echó a andar el Programa Bracero, que dio la pauta para la constante llegada de trabajadores mexicanos a Estados Unidos para hacer crecer el campo estadounidense. El Smithsonian, recuerda que el Programa Bracero, inició en 1942 para cubrir la falta de trabajadores en empleos agrícolas de bajos salarios durante la guerra y que se mantuvo hasta 1964.
Este programa, pese a desaparecer poco más de veinte años después de su instauración, no desapareció ni la necesidad de mano de obra en Estados Unidos, ni la necesidad de los trabajadores mexicanos de recibir mejores salarios que los que obtenían por el mismo trabajo en su propio país.
El rechazo y la criminalización de la migración en Estados Unidos es un acto aberrante, pues olvida el origen de esa nación. Los únicos que no son realmente migrantes, son las personas nativas americanas y, en buena parte del suroeste, los mexicanos a quienes no les tocó cruzar la frontera, sino que la frontera los cruzó a ellos. Nada, absolutamente nada de este territorio les pertenecía, a quienes hoy se autonombran americanos. Una parte enorme del territorio que hoy forma Estados Unidos, pertenecía a México y el resto pertenecía a las personas nativas desde tiempos ancestrales.
Estados Unidos, es una nación de migrantes, por más que los extremistas blancos lo rechacen. Ellos también son migrantes. La construcción de esa nación ha sido con las manos de los migrantes, pero con el látigo del blanco. La sangre de millones de personas que murieron desde la esclavitud, en la construcción del tren transcontinental, en la explotación de minas, en los campos de cultivo y en la construcción de las grandes ciudades, corre hoy por las venas del país de las barras y las estrellas.
Los músculos que la mueven, siguen siendo los millones de migrantes; muchos de ellos indocumentados. El propio Departamento de Agricultura de Estados Unidos reconoce que, entre 2020 y 2022, el 42% de los trabajadores agrícolas contratados, no tenía autorización legal de trabajo. El cerebro que permite su funcionamiento son también los migrantes que vienen de países con niveles de educación superior, pero que no tienen nada que ofrecer a sus egresados y se ven forzados a trabajar en un país que, a pesar de no quererlos, los utiliza para seguir creciendo.
Este país, tiene un cáncer terminal y muy dañino: los migrantes que no solo niegan su pasado, sino que infligen contra otros migrantes, los abusos que ellos o sus ancestros padecieron. Pero ahora que ya están en el poder, en lugar de erradicar estos abusos, los ejercen con más violencia.
Pero esta nación también tiene un alma, que se compone de la mezcla de cientos de culturas que a lo largo de los años han aprendido a conformar una sola. Eso es lo que en verdad hace grande a Estados Unidos: la diversidad de creencias, ideologías, costumbres y sueños. Por más que el enemigo quiera hacer creer, que la grandeza está en la capacidad armamentística o económica, la realidad muestra lo contrario.
Los mexicanos en Estados Unidos, forman parte importantísima de esa grandeza. Son el grupo inmigrante más grande del país; el Migration Policy Institute señala que, en 2024, las personas nacidas en México representaban el grupo inmigrante más numeroso en Estados Unidos, con 11.1 millones de personas. Su mano de obra es fundamental en sectores básicos de la economía estadounidense. La cultura mexicana, es el centro de una enorme riqueza cultural: está en todas partes, con los chicanos, en festividades como el 5 de mayo, en el tequila y el mezcal, en el mariachi, en el Taco Tuesday, en los nombres de los estados y sus ciudades. Y se complementa con todas las demás culturas a su alrededor, para dotar a Estados Unidos de una condición que no se replica en ninguna otra parte del mundo.
La grandeza de Estados Unidos, no está en lo económico. Su deuda, ya rebasó los 40 billones de dólares y sigue creciendo, lo que muestra la fragilidad de una potencia que presume fuerza, mientras carga una crisis fiscal cada vez más pesada. Tampoco está solo en las armas; las tensiones recientes con Irán han mostrado que la amenaza militar, tampoco garantiza su control absoluto. Mucho menos está en quienes se dicen americanos, como si fueran los únicos dueños de ese nombre. Su única contribución ha sido, muchas veces, la violencia y el caos.
La grandeza de Estados Unidos, es el corazón latente de su diversidad y en esa diversidad, México juega un papel fundamental.

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