Por Diego Torres
El ataque que la administración Trump, que está emprendiendo contra la comunidad migrante, es cada día más agresiva. Esto se da, en parte, gracias a la división que existe dentro de la propia comunidad migrante, en especial entre la población de origen mexicano, que actualmente ronda en más de 30 millones de personas en Estados Unidos, entre primera, segunda y tercera generación. De acuerdo con la Encuesta sobre la Comunidad Estadounidense de 2024, del U.S. Census Bureau, cerca de 39 millones de personas se identificaron como de origen mexicano. A pesar, de la enorme influencia que tienen la cultura y la comunidad mexicana en territorio estadounidense, en la práctica, esto no ha sido suficiente para traducirse en un poder político capaz de contrarrestar la violencia y persecución que enfrenta, una parte de la comunidad migrante bajo la administración Trump.
Esta falta de poder, es lo que históricamente ha permitido que gobiernos republicanos y demócratas, tomen decisiones que han afectado a los migrantes. Aquí es donde se abre el espacio para tomar conciencia del momento histórico y de la enorme oportunidad que los migrantes, tenemos frente a nosotros. Las acciones emprendidas por el gobierno de Donald Trump, no son las primeras ni las únicas manifestaciones de la opresión contra los migrantes, pero sí representan una de las etapas más duras de las últimas décadas. Durante su segundo mandato, el gobierno de Trump, ha ampliado considerablemente las detenciones migratorias; tan solo en agosto de 2026, ICE realizó cerca de 51 mil arrestos, y más de tres cuartas partes corresponden a personas sin antecedentes criminales. Trump ha expresado con una crudeza, característica de él, pero poco habitual en el ámbito político; ideas que desde hace mucho tiempo circulan en sectores conservadores y que millones de migrantes hemos experimentado de distintas formas en la práctica.
Por eso, paradójicamente Trump, podría estar contribuyendo a que vuelvan a encontrarse las raíces de la cultura mexicana, entre las distintas expresiones de la población de origen mexicano en Estados Unidos. La historia de exclusión, desprecio, falta de oportunidades, abusos y discriminación, aunque experimentada en diferentes grados, aparece una y otra vez entre chicanos, mexicoamericanos y migrantes, que llegaron de manera irregular y que con los años, obtuvieron la residencia o la ciudadanía y los millones de mexicanos que todavía viven sin documentos migratorios. Esto también afecta a segundas y terceras generaciones que, pese a ser ciudadanos estadounidenses por nacimiento, no han quedado al margen de la discriminación o del perfilamiento racial. Casos recientes en California, han llevado incluso a tribunales federales a restringir detenciones migratorias sin orden judicial y a cuestionar el uso de la raza, el idioma o la ocupación como criterios para detener a las personas.
Si recordamos la historia, esta ruptura de la unidad de la comunidad de origen mexicano en Estados Unidos, no se dio de la noche a la mañana. Sus raíces se remontan, entre otros momentos, a la guerra entre México y Estados Unidos y al Tratado de Guadalupe Hidalgo, de 1848. Con este tratado, México cedió poco más de la mitad de su territorio. Las comunidades mexicanas que permanecieron en esos territorios, quedaron bajo soberanía estadounidense y el tratado contempló mecanismos para conservar la nacionalidad mexicana o adquirir la ciudadanía estadounidense, además de protecciones sobre derechos civiles y propiedad. Sin embargo, la discriminación a los que decidieron quedarse, continúa hasta nuestros días.
De esta discriminación, surgió la identidad chicana; que como movimiento político y cultural, se consolidaría mucho después, especialmente durante las décadas de 1960 y 1970, cuando nuevas generaciones de mexicoamericanos retomaron el término “chicano”, como una expresión de identidad, orgullo y resistencia frente a la discriminación. Existen numerosos estudios sobre los problemas que enfrentan estas comunidades y sobre las luchas que, dieron por la defensa de sus derechos. Esa resistencia y resiliencia, merecen ser estudiadas y, en muchos sentidos, recuperadas en estos momentos.
Pero los mexicanos en Estados Unidos, no se concentran solamente en la identidad chicana. Esta diversidad también, ayuda a entender parte de la división que ha debilitado su verdadero poder colectivo. Podemos encontrar experiencias y prácticas admirables dentro del movimiento chicano, pero también contradicciones, dentro de la propia historia de la lucha mexicoamericana.
Uno de los casos más complejos, es el de César Chávez. Su lucha sindical, permitió conquistar derechos importantes para miles de trabajadores agrícolas y convirtió a la United Farm Workers, en una organización histórica. Sin embargo, su relación con los trabajadores indocumentados, fue contradictoria; puede ser comparada hoy con actitudes de latinos pro Trump. Durante las décadas de 1960 y 1970, Chávez y la UFW, se opusieron con dureza a la contratación de trabajadores indocumentados cuando eran utilizados por los empresarios para romper huelgas y debilitar la organización sindical. La UFW, llegó a desarrollar campañas para identificar y denunciar a trabajadores indocumentados, ante las autoridades migratorias y Chávez utilizó, términos más despectivos y que hoy resultan inaceptables: “mojados”. Con el paso de los años, su posición cambió y terminó apoyando reformas migratorias y mayores protecciones para estos trabajadores. Algo que ante la violencia desatada de Trump contra los migrantes, donde incluso miembros MAGA, se han visto asediados, esto podría repetir esa historia. Migrantes que primero discriminan, acosan y persiguen y después defienden.
El problema de fondo, sigue siendo vigente: los empresarios contratan y siguen contratando trabajadores indocumentados, sabiendo que su situación migratoria los hace más vulnerables, en algunos casos para utilizarlos como esquiroles -como en la época de la UFW- y pagarles salarios precarios. Y la respuesta de personajes como Cesar Chavez o los actuales MAGAS, es que en lugar de lograr una organización que protegiera también a ese grupo vulnerable y permitiera luchar conjuntamente contra quienes se beneficiaban de la explotación, terminó enfrentándose a trabajadores contra trabajadores, sin afectar a los verdaderos causantes de los problemas de la población.
Estos ejemplos, nos ayudan a comprender lo que pasa hoy en Estados Unidos. Podemos encontrar personas de origen mexicano, que apoyan la detención y deportación de otros migrantes, culpándolos de muchos de los problemas del país, sin mirar hacia quienes realmente se benefician de la explotación y la precariedad laboral. También están quienes, después de obtener la ciudadanía, la residencia o alguna protección migratoria temporal, entraron en una especie de pasividad y observaron durante años cómo distintos gobiernos criminalizan a los migrantes indocumentados; convencidos de que esa persecución nunca los alcanzaría.
El juego de los gobiernos es claro: divide y vencerás. Y más importante aún, apostar al olvido para que los oprimidos, permitan seguir siendo oprimidos. El olvido no solo de los hechos históricos, sino también, de quién se beneficia realmente de esa división.
En este momento, en las calles de Estados Unidos, la realidad está golpeando severamente a las comunidades migrantes. No solamente a quienes carecen de documentos. Las operaciones de inmigración, han alcanzado a residentes de muchos años y a personas sin antecedentes criminales; mientras distintos casos judiciales, han documentado detenciones o afectaciones a ciudadanos estadounidenses, durante operativos migratorios. En Minneapolis, incluso dos ciudadanos estadounidenses, murieron durante operaciones federales de inmigración a principios de 2026, hechos que provocaron investigaciones y protestas.
Independientemente de cómo se identifiquen —chicanos, mexicoamericanos, migrantes mexicanos o estadounidenses de ascendencia mexicana—, las políticas migratorias agresivas y el clima de perfilamiento, pueden afectar a una comunidad mucho más amplia, que la población indocumentada. Eso no significa que todos enfrenten el mismo riesgo jurídico: un ciudadano estadounidense no puede ser legalmente deportado, mientras que un residente permanente, una persona protegida por DACA y alguien sin estatus migratorio, enfrentan situaciones legales muy distintas. Pero el miedo, la discriminación, las detenciones equivocadas y los abusos durante los operativos, pueden extenderse más allá del estatus migratorio.
La verdad, también es que, las personas mexicanas y de origen mexicano en Estados Unidos, tienen una enorme capacidad para defender sus derechos. Para lograrlo, necesitan vencer la cortina de humo de la división, reconocer las experiencias que comparten y encontrar mecanismos para organizarse. Solo así podrán convertir su peso cultural, demográfico y social, en una fuerza capaz de defender colectivamente sus derechos.

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