LA MIGRACIÓN EN MÉXICO: CLARA MUESTRA DE UNA TRANSFORMACIÓN QUE APENAS INICIA
Por Diego Torres
El avance de la llamada Cuarta Transformación en México, es innegable. Sin embargo, la precariedad en la que estos gobiernos recibieron al país (resultado de más de un siglo de administraciones marcadas por la corrupción) hace que su superación plena, aún requiera varias décadas.
Esta larga decadencia nacional, sumió a millones de personas en una pobreza lacerante que, durante años, expulsó a millones de mexicanas y mexicanos hacia Estados Unidos. Actualmente, la población de origen mexicano, que reside en ese país se estima en alrededor de 40 millones de personas, de las cuales aproximadamente 11 millones son migrantes de primera generación.
Los flujos migratorios, que se intensificaron antes y después de la pandemia de Covid-19, han disminuido por diversas razones. Una de ellas es, sin duda, la política abiertamente represiva, impulsada por Donald Trump. No obstante, esta disminución debe leerse únicamente en comparación con los niveles excepcionalmente altos de desplazamiento humano registrados en años recientes. La migración continúa y no se detendrá.
Las causas estructurales, que originan la migración, no han cambiado. La pobreza, sigue azotando a millones de personas en todo el mundo y México no es la excepción; sii bien en 2025, el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum anunció con énfasis que, de acuerdo con datos del INEGI, durante la administración del expresidente Andrés Manuel López Obrador, más de 13 millones de personas salieron de la pobreza, esta afirmación, sin un análisis profundo, corre el riesgo de reducirse a una estadística aislada. Leída de manera acrítica, termina funcionando más como propaganda política, que como una explicación real de las condiciones de vida de la población en general, aunque también evidencia el daño estructural heredado de los gobiernos anteriores.
En una segunda declaración, realizada recientemente durante la conferencia matutina, se anunció que, según datos del Banco de México, en México existen hoy más personas pertenecientes a la clase media que personas en situación de pobreza. A primera vista, esta afirmación genera la impresión de que, el país ha transitado hacia una economía sustancialmente más sólida. Sin embargo, al revisar los criterios que sustentan dicha clasificación, la realidad nacional se revela con mayor claridad.
De acuerdo con el Banco de México, toda persona que, percibe más de 17 dólares diarios, es considerada parte de la clase media. Este dato permite comprender, por qué los mexicanos continuarán emigrando; independientemente de las medidas represivas impulsadas desde Estados Unidos. La supuesta expansión de la clase media en México, se sostiene sobre una definición sumamente limitada del bienestar.
Este aparente estado de bonanza es frágil; se apoya en un aumento salarial significativo, pero aún insuficiente, así como en programas sociales, que benefician a más de 32 millones de familias. Aun así, está muy lejos de los ingresos que se obtienen en Estados Unidos, donde una hora de trabajo puede equivaler al ingreso diario de una persona, en varios países del continente. No existe comparación posible: mientras una persona de clase media en Estados Unidos, puede percibir el equivalente a más de un millón de pesos anuales, en México, bajo los criterios del Banco de México, el ingreso anual ronda apenas los 112 mil pesos. Esta brecha abismal, sigue haciendo de la migración una opción atractiva.
Si a esta desigualdad económica, se le suma la persistencia de la violencia (que apenas muestra puntos de inflexión a la baja, muchas veces imperceptibles en diversas comunidades del país) el resultado lógico es: la continuidad de los flujos migratorios hacia el norte.
Si no se impulsa de manera decidida y estructural el desarrollo económico nacional, la migración no se detendrá. Los programas sociales, han sido indispensables para contener la pobreza extrema y evitar un colapso social mayor; pero no pueden ni deben convertirse en el punto final de la política pública. Rescatar no es transformar. Mientras millones de familias sigan dependiendo de transferencias para subsistir y no de salarios dignos y empleo estable, el modelo de bienestar, seguirá siendo frágil y reversible.
El verdadero cambio, llegará únicamente cuando el trabajo permita vivir con dignidad y no solo a sobrevivir. Cuando el salario alcance para alimentarse adecuadamente, acceder a la salud sin miedo al desabasto o al endeudamiento, disponer de tiempo para el descanso, la cultura y el esparcimiento, además de, proyectar un futuro sin que, la migración forzada sea la única vía de ascenso social. Mientras esa transformación profunda no se consolide, ningún discurso, ninguna estadística y ninguna política de contención fronteriza (por más represiva que sea) podrá frenar la migración irregular. La migración no es una elección individual: es el síntoma más claro de un desarrollo aún inconcluso.

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